15 Ene

Lucha

4 Abr

Decía Sun Tzu: “Tu oponente no debe tener datos fiables. Si tienes una fuerza de 1000 unidades que parezcan 10; si te esperan mañana aparece hoy; preséntate cuando no estén preparados.

¿Conoces sus defensas y te conoces a ti mismo? Si es así, ni en cien batallas correrás peligro. Si no las conoces, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra. En el caso de que no conozcas ni sus defensas ni a a ti mismo estarás en grave peligro

Aparece en lugares críticos y ataca donde menos se lo esperen. Sé extremadamente sutil, discreto, hasta el punto de no tener forma. Misterioso, confidencial y silencioso. De esta manera podrás dirigir el destino de tus adversarios.

Llega como el viento, muévete como el relámpago, y los adversarios no podrán vencerte. Estas son las claves de la victoria para el estratega.

Madre, deseo volar

23 Mar

-¿Por qué los humanos no tienen alas, mamá?

+Porque sin tener que levantar los pies del suelo, Dios ya nos dio el don de volar con la imaginación, incluso más lejos que las aves y los aviones…

-¿Muy lejos, mami?

+Sí, incluso hasta mundos que no han existido jamás, porque da por cierto, hijita querida, que imaginar es crear.

 

En algún lugar

23 Mar

Pudo haber corrido hacia atrás. El banco se encontraba apenas a diez metros de la entrada del parque. Sus compañeros de clase habían ya retrocedido hasta la calle, desde donde les llamó espantada la maestra, instantes antes de que él se percatara de la presencia. La maestra le gritó también para que corriera a reunirse con los demás mientras llamaba a la policía con su teléfono móvil.

La figura se había detenido mirando fijamente al muchacho, ajeno a las llamadas de peligro de su aterrorizada maestra.

– ¿No vas con tus compañeros, chico? – dijo entonces aquel hombre. – Sí, ya… – respondió el mozalbete escuetamente para no distraer su atención en aquella mirada que tanto espantó al resto del grupo y a su maestra. – Te han dejado solo. – siguió el hombre, flexionando las piernas para salvar la enorme altura que lo separaba del chico y mirarlo al mismo nivel. – ¿Qué te pasa? – preguntó simplemente el niño, atraído por la profunda tristeza que veía en la mirada del aparecido, interpretada por los demás como agresiva ferocidad. – Nada. – contesto simplemente el hombre. – Ah, bueno. – El niño no podía sustraerse de la honda sensación de impotencia que embargaba aquella figura gris enfundada en un gabán raido y un sombrero de otras épocas, barba de varios días, cabellos largos y pegajosos. El hombre flexionó aún más las piernas hasta quedarse de rodillas. Sonrió por fin, y entonces el chico sonrió también. – ¿Por qué crees que me ha de pasar algo? – No sé. No eres como los demás. – Ah, ¿es eso? ¿Y cómo soy? – No sé, pero no eres como los demás. – repitió el muchacho tratando de buscar en sus bancos de memoria algún concepto con el que relacionar lo que le inspiraba aquel vagabundo.

En esto entro un policía en el parque y se acercó rápidamente.

– ¡No se mueva, señor! ¡Sus documentos! ¡No-se-mueva!

El recién llegado se giró despacio al agente, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarle desde su posición, a la altura de la mirada del chico.

– No, claro, que no. No llevo documentos. – dijo simplemente ampliando su sonrisa. – Entonces tendrá que acompañarme. – Ah, vale, de acuerdo. – ¿Cuál es su nombre? – Hmm. Mi nombre. – repitió pensativo, borrando su sonrisa por completo. – Mi nombre. – lanzó un largo suspiro. – usted quiere saber mi nombre. Vaya. – Y se volvió al muchacho. – ¿Qué te parece, chico, ¿Cuál es mi nombre? – No sé. – respondió en seguida el muchacho, encogiéndose de hombros. – Vale. – asintió el hombre – No tiene importancia, ¿verdad? – Eso. – asintió a su vez el chico. – Pero me temo que hemos de despedirnos aquí. – sentenció el hombre torciendo los labios hacia adentro, como expresando un sentimiento universal de: “¿Qué le vamos a hacer?”. – No te vayas. – pidió el chico. – ¿Quieres que me quede? – Sí. – Me temo que no va a poder ser. – ¿Por qué? – dijo el chico al que se le empezaba a quebrar la voz. – Pues… – otro suspiro mientras se incorporada – porque las cosas son así en este mundo. – ¿Cómo? – siguió inquiriendo el pequeño, tragando saliva. – Tú me ves de otra manera… – ¡Estamos perdiendo el tiempo, señor! – interrumpió el agente llevándose la mano a la pistola. – Ah, sí: Tiempo… – dijo el hombre mirando al agente con dulzura. – Ya vamos, agente, ya vamos, no se preocupe. Solo un segundo por respeto a este chico, que no es como los demás. – y entonces dirigiéndose al mozalbete. – Escucha, chico, qué no se te olvide jamás este momento. En unos instantes volverás a zambullirte en la marea humana y no nos veremos más, pero no olvides que te saliste de ella a pesar de los gritos de tu maestra, del espanto de tus compañeros y del resto de paseante de este parque, y que ni siquiera te intimidó este agente ni su pistola. No olvides que te saliste por tu propio pie de la marea humana. Y, ¿sabes? – Dígame. – inquirió el niño con decisión, mordiéndose aún el llanto. – Lo puedes hacer en cualquier momento. Ya sabes que puedes, ya lo has hecho, solo tienes que recordarlo. Solo tienes que recordar que no te importa el miedo que sientan os demás, porque no es tuyo. Tu solo sentiste curiosidad y … – ¡Pero se puso en peligro! – gritó el agente apremiando al hombre a acompañarle. – Oh, no, agente, no. Este niño jamás estuvo en peligro y él lo supo perfectamente desde el primer momento, a diferencia del resto, a diferencia de usted mismo, por más armas que pueda llevar encima. Este niño jamás necesitará un arma. – ¡Vamos, vamos ya! Déjese de bobadas. – Sí, claro, bobadas. Bueno, chico, aquí nos despedimos, ha sido un honor para mí haberte encontrado. En otras circunstancias me estaría permitido darte un abrazo, aquí me temo que… Hacía mucho que te buscaba. Ahora ya me puedo ir en paz: sé que existes.

Misión espacial

14 Mar

En una misión espacial, la nave quedó desconectada de la base durante más de un mes. La comunicación quedó totalmente cortada y la preocupación por sus cuatro tripulantes fue creciendo a medida que pasaban las horas.

Al que hizo cuarenta días, se restableció el contacto con el puesto de mando de la nave y con alegría comprobaron que los astronautas estaban sanos y salvos, aunque notaron algo extraño en ellos… algo que no pudieron en ese momento descifrar, ni tampoco quedó totalmente claro cuando relataron lo que había sucedido en esos cuarenta días de tiempo terráqueo.

El relato de uno de esos tripulantes sobre dicha aventura al parecer fuera de la órbita terrestre fue publicado en la revista “Spoutnik”. Este es un fragmento de dicha declaración:

“Despegamos en un planeta con aspecto de Paraíso. Una atmósfera limpia, plantas y animales convivían con seres que utilizaban un lenguaje parecido al nuestro, pero que se comunicaban a veces telepáticamente, incluso a kilómetros de distancia con el interlocutor. Esta Biosfera paradisiaca convivía en armonía con una arquitectura provista de alta tecnología, para nosotros magia en estado puro. Supimos que nuestros anfitriones eran seres de una sola raza, longevos, resistentes a las enfermedades y sobre todo, lo que nos llamó la atención fue el amor que desprendían hacia sus semejantes, el planeta y hasta el universo. Nos acogieron, nos reconocieron, nos arreglaron la nave y nos pusieron rumbo a la Tierra. Y, a riesgo de que nos llamen locos, interpretamos que en ese trayecto, viajamos de la Tierra a la Tierra, pero no a través del espacio, sino del tiempo”.

Cuenta la leyenda

14 Mar

Cuenta la leyenda que Buda fue hijo de un poderoso rey. Éste, para economizarle los dolores del mundo, lo educó dentro de un palacio rodeado de jardines y altos muros, sin darle la oportunidad de salir a ver la ciudad. Buda, creció así encerrado, colmado de buenos tratos, bellos servidores, plantas maravillosas, manjares exquisitos, lujos extremos. Se convirtió en un príncipe encantador, sin haber conocido el menor problema. Siempre encerrado en su paraíso, le fue otorgada la más hermosa mujer del reino, con la que tuvo un hijo. Una tarde, paseándose por sus jardines, vio caer de un árbol a un pajarito. Nunca había visto a un ser muerto. Tuvo una profunda conmoción. Se dio cuenta que su mundo era artificial. Decidió escaparse para ver qué era el mundo real. Abandonando a su esposa, su hijo y su padre, escaló un muro y, con ojos asombrados, recorrió las calles. Vio por primera vez la pobreza, lo que le embargó el alma de pena, sintiéndose culpable. Pero más aún le hizo sufrir ver a la gente de edad: todos sus servidores habían sido jóvenes, su padre le ocultó la vejez. Después vio con horror a enfermos, y por último le afectó ver una comitiva llevando a un muerto. ¡La vejez, la enfermedad y la muerte le parecieron una maldición! Fue entonces cuando decidió vivir sin bienes materiales y sentarse a meditar bajo un árbol para alcanzar la liberación, eliminando sus deseos y su yo individual hasta alcanzar la iluminación, cesando así de reencarnarse… Es decir que para él, el mayor mal era haber nacido… Me permito no estar de acuerdo. Para mí el mayor regalo que he recibido es haber nacido en esta inmensa obra de arte que es el Universo. La pobreza, propia o ajena, desaparece aprendiendo a compartir. Lo seres humanos acabarán por comprender esto o desaparecerán de la faz de la tierra. La enfermedad, mucho más que afectar al cuerpo, afecta al ego. Cesa de ser un monstruo terrorífico cuando la usamos como Maestro, aceptándola con humildad: ella nos enseña la sublime calma de la entrega. La inevitable muerte, es decir el cambio necesario que permite el continuo nacimiento de la vida, se endulza cuando aprendemos a jugar. La realidad se convierte en un sueño milagroso, cuando aprendemos a danzar con ella hasta nuestro último destello de conciencia. Y la bendita vejez, que nos hace desprendernos de lo superfluo para guardar lo esencial, cesa de ser decadencia y se convierte en sabiduría cuando nos entregamos al amor sin límites. ¡Vivir, para mí, a pesar de los golpes tremendos que he recibido en el camino, ha sido una fiesta divina! ¡Qué me importa morir si he conocido el amor!

La vasija agrietada

9 Feb

Un cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo que él llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía una grieta, mientras que la otra era perfecta y entregaba el agua completa al final del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón.

Cuando llegaba, la vasija rota solo contenía la mitad del agua. Por dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, perfecta para los fines para la cual fue creada; pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque solo podía conseguir la mitad de lo que se suponía debía hacer.

Después de dos años le habló al aguador diciéndole: “Estoy avergonzada de mi misma y me quiero disculpar contigo”…

¿Por qué? le preguntó el aguador.
“Porque debido a mis grietas, solo puedes entregar la mitad de mi carga. Debido a mis grietas, solo obtienes la mitad del valor de lo que deberías.”
El aguador se sintió muy apesadumbrado por la vasija y con gran compasión le dijo: “Cuando regresemos a la casa del patrón quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.

Así lo hizo y en efecto vio muchísimas flores hermosas a todo lo largo, pero de todos modos se sintió muy apenada porque al final solo llevaba la mitad de su carga. El aguador le dijo: “Te diste cuenta de que las flores solo crecen en tu lado del camino?; siempre he sabido de tus grietas y quise obtener ventaja de ello, siembro semillas de flores a todo lo largo del camino por donde tu vas y todos los días tú las has regado. Por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Madre. Sin ser exactamente como eres, ella no hubiera tenido esa belleza sobre su mesa.”

Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Todos somos vasijas agrietadas, pero si le permitimos a Dios utilizar nuestras grietas para decorar la mesa de su Padre…

“En la gran economía de Dios, nada se desperdicia”. “Sólo aquel que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”. Si sabes cuáles son tus grietas, aprovéchalas, y no te avergüences de ellas.

El tiro perfecto

1 Feb

¡Bienaventurado aquel que actúa con amor sin preocuparse de lo que va a obtener con su acción! El libro sagrado hindú “La Bhagavadghita” dice: “Piensa en la obra y no en su fruto”. Mientras persigues iluminarte, con el secreto deseo de ser admirado, vives en la oscuridad. Sólo se logra la Verdad interior, mediante el total desprendimiento. Esta fábula puede ser útil:

 Un rey quiso aprender el arte de tiro con arco. Sus ministros convocaron a todos los campeones: los que lanzaban más flechas por minuto, los que llegaban más lejos, los que daban en el blanco con los ojos cerrados, los que cazaban pájaros en pleno vuelo, etc… Todos se jactaban de ser infalibles y ninguno erró una flecha. El rey consideró Maestros a esos guerreros que adornaban el real jardín con sus armas multicolores. Pero de pronto una brisa comenzó a corretear entre las hojas para hacerse cada vez más insidiosa. Volaron paños recamados, abanicos de marfil, trenzas empapadas en esencia de sándalo. ¡La juguetona serpiente se hizo ventarrón! Los arqueros cesaron sus ejercicios en espera de un tiempo más propicio. El rey se sintió decepcionado: él quería un Maestro que no fallara nunca, aun en medio de un ciclón. ¡Le dijeron que eso era imposible! El monarca suspendió la fiesta y cayó en un estado melancólico del que sólo pudieron sacarlo con la presentación de un séquito que lo acompañaría por el reino para ayudarlo a encontrar a tal hombre… Recorrieron las provincias sin obtener resultados, hasta que un día un campesino les dijo que conocía un arquero que no fallaba ni en medio de un huracán. Reverente, llevó al rey a una aldea donde éste encontró a un luminoso anciano que manejaba un arco que un gigante no podría tensar. El arma brillaba, pulida por sus amorosas y arrugadas manos. Las flechas parecían joyas. El rey le pidió su secreto y el arquero se lo dio: “¡Aún en medio de vientos furiosos, siempre doy en el blanco porque no tengo blanco! Me preocupo sólo de la flecha, la que lanzo con toda la dedicación y belleza que mi alma pueda obtener. El tiro es perfecto y, como no tengo finalidad, hacia donde quiera que lance la flecha y donde quiera que ella caiga, siempre da en el blanco.” El rey se arrodilló ante él y se hizo su discípulo.

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