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Cuenta la leyenda

14 Mar

Cuenta la leyenda que Buda fue hijo de un poderoso rey. Éste, para economizarle los dolores del mundo, lo educó dentro de un palacio rodeado de jardines y altos muros, sin darle la oportunidad de salir a ver la ciudad. Buda, creció así encerrado, colmado de buenos tratos, bellos servidores, plantas maravillosas, manjares exquisitos, lujos extremos. Se convirtió en un príncipe encantador, sin haber conocido el menor problema. Siempre encerrado en su paraíso, le fue otorgada la más hermosa mujer del reino, con la que tuvo un hijo. Una tarde, paseándose por sus jardines, vio caer de un árbol a un pajarito. Nunca había visto a un ser muerto. Tuvo una profunda conmoción. Se dio cuenta que su mundo era artificial. Decidió escaparse para ver qué era el mundo real. Abandonando a su esposa, su hijo y su padre, escaló un muro y, con ojos asombrados, recorrió las calles. Vio por primera vez la pobreza, lo que le embargó el alma de pena, sintiéndose culpable. Pero más aún le hizo sufrir ver a la gente de edad: todos sus servidores habían sido jóvenes, su padre le ocultó la vejez. Después vio con horror a enfermos, y por último le afectó ver una comitiva llevando a un muerto. ¡La vejez, la enfermedad y la muerte le parecieron una maldición! Fue entonces cuando decidió vivir sin bienes materiales y sentarse a meditar bajo un árbol para alcanzar la liberación, eliminando sus deseos y su yo individual hasta alcanzar la iluminación, cesando así de reencarnarse… Es decir que para él, el mayor mal era haber nacido… Me permito no estar de acuerdo. Para mí el mayor regalo que he recibido es haber nacido en esta inmensa obra de arte que es el Universo. La pobreza, propia o ajena, desaparece aprendiendo a compartir. Lo seres humanos acabarán por comprender esto o desaparecerán de la faz de la tierra. La enfermedad, mucho más que afectar al cuerpo, afecta al ego. Cesa de ser un monstruo terrorífico cuando la usamos como Maestro, aceptándola con humildad: ella nos enseña la sublime calma de la entrega. La inevitable muerte, es decir el cambio necesario que permite el continuo nacimiento de la vida, se endulza cuando aprendemos a jugar. La realidad se convierte en un sueño milagroso, cuando aprendemos a danzar con ella hasta nuestro último destello de conciencia. Y la bendita vejez, que nos hace desprendernos de lo superfluo para guardar lo esencial, cesa de ser decadencia y se convierte en sabiduría cuando nos entregamos al amor sin límites. ¡Vivir, para mí, a pesar de los golpes tremendos que he recibido en el camino, ha sido una fiesta divina! ¡Qué me importa morir si he conocido el amor!

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El tiro perfecto

1 Feb

¡Bienaventurado aquel que actúa con amor sin preocuparse de lo que va a obtener con su acción! El libro sagrado hindú “La Bhagavadghita” dice: “Piensa en la obra y no en su fruto”. Mientras persigues iluminarte, con el secreto deseo de ser admirado, vives en la oscuridad. Sólo se logra la Verdad interior, mediante el total desprendimiento. Esta fábula puede ser útil:

 Un rey quiso aprender el arte de tiro con arco. Sus ministros convocaron a todos los campeones: los que lanzaban más flechas por minuto, los que llegaban más lejos, los que daban en el blanco con los ojos cerrados, los que cazaban pájaros en pleno vuelo, etc… Todos se jactaban de ser infalibles y ninguno erró una flecha. El rey consideró Maestros a esos guerreros que adornaban el real jardín con sus armas multicolores. Pero de pronto una brisa comenzó a corretear entre las hojas para hacerse cada vez más insidiosa. Volaron paños recamados, abanicos de marfil, trenzas empapadas en esencia de sándalo. ¡La juguetona serpiente se hizo ventarrón! Los arqueros cesaron sus ejercicios en espera de un tiempo más propicio. El rey se sintió decepcionado: él quería un Maestro que no fallara nunca, aun en medio de un ciclón. ¡Le dijeron que eso era imposible! El monarca suspendió la fiesta y cayó en un estado melancólico del que sólo pudieron sacarlo con la presentación de un séquito que lo acompañaría por el reino para ayudarlo a encontrar a tal hombre… Recorrieron las provincias sin obtener resultados, hasta que un día un campesino les dijo que conocía un arquero que no fallaba ni en medio de un huracán. Reverente, llevó al rey a una aldea donde éste encontró a un luminoso anciano que manejaba un arco que un gigante no podría tensar. El arma brillaba, pulida por sus amorosas y arrugadas manos. Las flechas parecían joyas. El rey le pidió su secreto y el arquero se lo dio: “¡Aún en medio de vientos furiosos, siempre doy en el blanco porque no tengo blanco! Me preocupo sólo de la flecha, la que lanzo con toda la dedicación y belleza que mi alma pueda obtener. El tiro es perfecto y, como no tengo finalidad, hacia donde quiera que lance la flecha y donde quiera que ella caiga, siempre da en el blanco.” El rey se arrodilló ante él y se hizo su discípulo.

El faro del desierto

30 Ene

Érase una vez un hombre que construía un faro en medio del desierto. Todo el mundo se burlaba de él y lo llamaban loco.
–¿Para qué un faro en medio del desierto? –se preguntaban.
El hombre no hacía caso y seguía callado haciendo su labor. Un día, por fin, terminó de construir el faro. Llegó la noche sin luna y sin estrellas, un espléndido rayo de luz empezó a girar en las tinieblas del aire, como si la Vía Láctea se hubiera convertido en carrusel luminoso.
Y sucedió que en el momento en que el faro comenzó a lanzar su luz, de pronto, surgió en medio del desierto un mar iluminado por un río de luz, y hubo en el mar buques trasatlánticos, pasaron submarinos, ballenas, aparecieron puertos con mercaderes de Venecia, piratas de barba roja, holandeses errantes y sirenas…
Todos se asombraron, menos el constructor del faro. Él sabía que si alguien enciende una luz en medio de la oscuridad, al brillo de esa luz surgirán muchas maravillas.

Impotentes y enemigos

27 Ene

Esta fábula puede ser útil para aquellos que se sienten impotentes frente a un enemigo poderoso:

En una templada región, acariciada por lluvias de nubes puras, crecían saludables plantas entregando al aire amorosos perfumes. Lejos de ahí vivía un dragón de ponzoñoso aliento y lengua flamígera. Este inmenso animal, a pesar de ser herbívoro, detestaba las flores. Apenas veía una, orinaba ácido y acababa con ella. Supo la existencia de la región maravillosa y decidió exterminarla. Comenzó a quemar los campos reduciendo a cenizas hasta las raíces. Las plantas, viendo su fin cercano y sintiéndose impotentes para conjurar a tal enemigo, dejaron que sus flores se convirtieran en raquíticos botones. Sin embargo una pequeña mata, la más humilde, se dedicó con toda el alma a fabricar una semilla. En esa diminuta cápsula puso sus más excelsos diagramas: hojas de verde exuberante, flores intensas, cálices sensuales, polen vivaz, raíces cavadoras y tallos nobles. Cuando en la memoria de la semilla esto quedó grabado, la planta comenzó a transformarse hasta adquirir la forma de una gran lechuga. Sus compañeras le dijeron: “¿Para qué gastas tanta energía en cambios y anhelos si muy pronto vas a morir?” Ella contestó: “¡Hay destrucciones que son comienzos!” Y siguió engordando. Llegó el dragón y al ver esa enorme planta vital en medio de tantas enfermas, invadido por la gula, en lugar de quemarla como a las otras, se la comió. La planta fue digerida, pero la semilla se aferró a las paredes estomacales y ahí germinó para crecer a través de la carne hasta salir a la luz en medio de las escamas. La bestia, llena de dolores, pereció. Entre la pudrición de sus restos, el vegetal siguió creciendo, tocó tierra y con la fuerza succionada al dragón y la belleza de sus diagramas produjo capullos, frutos, semillas y descendientes para volver a poblar la región con flores ahora tan poderosas que podían defenderse de un rebaño de monstruos.

• Si un pueblo no puede impedir una conquista, debe encontrar sus íntimos valores y hacerlos fructificar en el corazón del invasor.

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