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En algún lugar

23 Mar

Pudo haber corrido hacia atrás. El banco se encontraba apenas a diez metros de la entrada del parque. Sus compañeros de clase habían ya retrocedido hasta la calle, desde donde les llamó espantada la maestra, instantes antes de que él se percatara de la presencia. La maestra le gritó también para que corriera a reunirse con los demás mientras llamaba a la policía con su teléfono móvil.

La figura se había detenido mirando fijamente al muchacho, ajeno a las llamadas de peligro de su aterrorizada maestra.

– ¿No vas con tus compañeros, chico? – dijo entonces aquel hombre. – Sí, ya… – respondió el mozalbete escuetamente para no distraer su atención en aquella mirada que tanto espantó al resto del grupo y a su maestra. – Te han dejado solo. – siguió el hombre, flexionando las piernas para salvar la enorme altura que lo separaba del chico y mirarlo al mismo nivel. – ¿Qué te pasa? – preguntó simplemente el niño, atraído por la profunda tristeza que veía en la mirada del aparecido, interpretada por los demás como agresiva ferocidad. – Nada. – contesto simplemente el hombre. – Ah, bueno. – El niño no podía sustraerse de la honda sensación de impotencia que embargaba aquella figura gris enfundada en un gabán raido y un sombrero de otras épocas, barba de varios días, cabellos largos y pegajosos. El hombre flexionó aún más las piernas hasta quedarse de rodillas. Sonrió por fin, y entonces el chico sonrió también. – ¿Por qué crees que me ha de pasar algo? – No sé. No eres como los demás. – Ah, ¿es eso? ¿Y cómo soy? – No sé, pero no eres como los demás. – repitió el muchacho tratando de buscar en sus bancos de memoria algún concepto con el que relacionar lo que le inspiraba aquel vagabundo.

En esto entro un policía en el parque y se acercó rápidamente.

– ¡No se mueva, señor! ¡Sus documentos! ¡No-se-mueva!

El recién llegado se giró despacio al agente, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarle desde su posición, a la altura de la mirada del chico.

– No, claro, que no. No llevo documentos. – dijo simplemente ampliando su sonrisa. – Entonces tendrá que acompañarme. – Ah, vale, de acuerdo. – ¿Cuál es su nombre? – Hmm. Mi nombre. – repitió pensativo, borrando su sonrisa por completo. – Mi nombre. – lanzó un largo suspiro. – usted quiere saber mi nombre. Vaya. – Y se volvió al muchacho. – ¿Qué te parece, chico, ¿Cuál es mi nombre? – No sé. – respondió en seguida el muchacho, encogiéndose de hombros. – Vale. – asintió el hombre – No tiene importancia, ¿verdad? – Eso. – asintió a su vez el chico. – Pero me temo que hemos de despedirnos aquí. – sentenció el hombre torciendo los labios hacia adentro, como expresando un sentimiento universal de: “¿Qué le vamos a hacer?”. – No te vayas. – pidió el chico. – ¿Quieres que me quede? – Sí. – Me temo que no va a poder ser. – ¿Por qué? – dijo el chico al que se le empezaba a quebrar la voz. – Pues… – otro suspiro mientras se incorporada – porque las cosas son así en este mundo. – ¿Cómo? – siguió inquiriendo el pequeño, tragando saliva. – Tú me ves de otra manera… – ¡Estamos perdiendo el tiempo, señor! – interrumpió el agente llevándose la mano a la pistola. – Ah, sí: Tiempo… – dijo el hombre mirando al agente con dulzura. – Ya vamos, agente, ya vamos, no se preocupe. Solo un segundo por respeto a este chico, que no es como los demás. – y entonces dirigiéndose al mozalbete. – Escucha, chico, qué no se te olvide jamás este momento. En unos instantes volverás a zambullirte en la marea humana y no nos veremos más, pero no olvides que te saliste de ella a pesar de los gritos de tu maestra, del espanto de tus compañeros y del resto de paseante de este parque, y que ni siquiera te intimidó este agente ni su pistola. No olvides que te saliste por tu propio pie de la marea humana. Y, ¿sabes? – Dígame. – inquirió el niño con decisión, mordiéndose aún el llanto. – Lo puedes hacer en cualquier momento. Ya sabes que puedes, ya lo has hecho, solo tienes que recordarlo. Solo tienes que recordar que no te importa el miedo que sientan os demás, porque no es tuyo. Tu solo sentiste curiosidad y … – ¡Pero se puso en peligro! – gritó el agente apremiando al hombre a acompañarle. – Oh, no, agente, no. Este niño jamás estuvo en peligro y él lo supo perfectamente desde el primer momento, a diferencia del resto, a diferencia de usted mismo, por más armas que pueda llevar encima. Este niño jamás necesitará un arma. – ¡Vamos, vamos ya! Déjese de bobadas. – Sí, claro, bobadas. Bueno, chico, aquí nos despedimos, ha sido un honor para mí haberte encontrado. En otras circunstancias me estaría permitido darte un abrazo, aquí me temo que… Hacía mucho que te buscaba. Ahora ya me puedo ir en paz: sé que existes.

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Divinidad o Casualidad

23 Ene

Diane, una joven estudiante de la universidad, estaba en casa por el verano. Fue a visitar algunos amigos en la noche y por quedarse platicando se le hizo muy tarde, más de lo que había planeado y tuvo que caminar sola a su casa. No tenía miedo porque vivía en una ciudad pequeña y vivía sólo a unas cuantas cuadras del lugar. Mientras caminaba a su casa, pidió a Dios que la mantuviera salvada de cualquier mal o peligro. Cuando llegó al callejón que le servía como atajo para llegar más pronto a su casa decidió tomarlo.Sin embargo cuando iba a la mitad, notó a un hombre parado al final del callejón y se veía como que estaba esperando por ella. Diane se puso nerviosa y empezó a rezar a Dios por protección. Al instante un sentimiento de tranquilidad y seguridad la envolvió, sintió como si alguien estuviera caminando con ella; llegó al final del callejón y camino justo enfrente del hombre pero no pasó nada y llegó bien a su casa. Al día siguiente, leyó en el periódico que una chica había sido violada en aquel mismo callejón unos 20 minutos después de que ella pasara por allí. Sintiéndose muy mal por esa tragedia y pensando que pudo haberle pasado a ella, comenzó a llorar dando Gracias a Dios por haberla cuidado y le rogó que ayudara a la otra joven. Decidió ir a la estación de policía, pensó que podría reconocer al hombre y les dijo su historia. El policía le preguntó si estaría dispuesta a identificar al hombre que vio la noche anterior en el callejón, ella accedió y sin dudar reconoció al hombre en cuestión. Cuando el hombre supo que había sido identificado, se rindió y confesó. El policía agradeció a Diane por su valentía y le preguntó si había algo que pudieran hacer por ella y ella le pidió que le preguntaran al hombre por qué no la atacó a ella cuando pasó por el mismo callejón. Cuando el policía le preguntó al hombre el contestó: “Porque ella no estaba sola, había dos hombres altos caminando uno a cada lado de ella”.

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