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El jardín de mi vida

12 Ene

Era una vez una flor que nació en medio de piedras. Quién sabe como, consiguió crecer y ser una señal de vida en medio de tanta tristeza…

Pasó una joven y quedó admirada con la flor. Luego pensó en Dios. Cortó la flor y la llevó a la iglesia. Una semana más tarde la flor habia muerto.

Pasó un hombre, vió una flor, pensó en Dios, agradeció y la dejó allí; no quiso cortarla para no matarla. Mas, días despues, vino una tempestad y la flor murió…

Pasó una niña y vió que aquella flor era parecida a ella: bonita, pero sola.

Decidió volver todos los días. Un día la regó, otro día le trajo tierra, otro día la podó, despues le hizo un cantero, le colocó abono…

Un mes despues, donde habia piedras y una flor, habia un jardín.

Así se cultiva una amistad . . .

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Verdaderos amigos

18 Oct

Un hombre, su caballo y su perro, caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dió cuenta que los tres habían muerto en un accidente…  Hay veces que lleva un tiempo para que los muertos se den cuenta de su nueva condición. La caminata era muy larga, cuesta arriba, el sol era fuerte y los tres estaban empapados en sudor y con mucha sed. Precisaban desesperadamente agua. En una curva del camino, avistaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza calzada con bloques de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde brotaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que desde una garita cuidaba de la entrada.

– Buen día – dijo el caminante.

– Buen día – respondió el hombre.

– ¿Qué lugar es éste, tan lindo? – preguntó el caminante.

– Esto es el cielo – fue la respuesta.

– ¡Qué bueno que nosotros llegamos al cielo, estamos con mucha sed!- dijo el caminante.

– Usted puede entrar a beber agua a voluntad – dijo el guardián, indicándole la fuente.

– Mi caballo y mi perro también están con sed.

– Lo lamento mucho – le dijo el guardia – Aquí no se permite la entrada de animales.

 El hombre se sintió muy decepcionado porque su sed era grande. Más el no bebería, dejando a sus amigos con sed. De esta manera, prosiguió su camino.

Después de mucho caminar cuesta arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio, cuya entrada estaba marcada por un portón viejo semi-abierto. El portón daba a un camino de tierra, con árboles de ambos lados que le hacían sombra. A la sombra de uno de los árboles, un hombre estaba recostado, con la cabeza cubierta por un sombrero, parecía que dormía…

– Buen día – dijo el caminante.

– Buen día – respondió el hombre.

– Estamos con mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.

– Hay una fuente en aquellas piedras – dijo el hombre indicando el lugar – Pueden beber a voluntad.

El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.

– Muchas gracias – dijo el caminante al salir.

– Vuelvan cuando quieran – respondió el hombre

– A propósito – dijo el caminante – ¿cuál es el nombre de este lugar?

– Cielo – respondió el hombre.

– ¿Cielo? ¡Más si el hombre en la guardia de al lado del portón de mármol me dijo que allí era el cielo!

– Aquello no es el cielo, aquello es el infierno.

 El caminante quedó perplejo.

– Más entonces – dijo el caminante – esa información falsa debe causar grandes confusiones.

– De ninguna manera – respondió el hombre – En verdad ellos nos hacen un gran favor. Porque allí quedan aquéllos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.

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