Archivo | marzo, 2012

Madre, deseo volar

23 Mar

-¿Por qué los humanos no tienen alas, mamá?

+Porque sin tener que levantar los pies del suelo, Dios ya nos dio el don de volar con la imaginación, incluso más lejos que las aves y los aviones…

-¿Muy lejos, mami?

+Sí, incluso hasta mundos que no han existido jamás, porque da por cierto, hijita querida, que imaginar es crear.

 

En algún lugar

23 Mar

Pudo haber corrido hacia atrás. El banco se encontraba apenas a diez metros de la entrada del parque. Sus compañeros de clase habían ya retrocedido hasta la calle, desde donde les llamó espantada la maestra, instantes antes de que él se percatara de la presencia. La maestra le gritó también para que corriera a reunirse con los demás mientras llamaba a la policía con su teléfono móvil.

La figura se había detenido mirando fijamente al muchacho, ajeno a las llamadas de peligro de su aterrorizada maestra.

– ¿No vas con tus compañeros, chico? – dijo entonces aquel hombre. – Sí, ya… – respondió el mozalbete escuetamente para no distraer su atención en aquella mirada que tanto espantó al resto del grupo y a su maestra. – Te han dejado solo. – siguió el hombre, flexionando las piernas para salvar la enorme altura que lo separaba del chico y mirarlo al mismo nivel. – ¿Qué te pasa? – preguntó simplemente el niño, atraído por la profunda tristeza que veía en la mirada del aparecido, interpretada por los demás como agresiva ferocidad. – Nada. – contesto simplemente el hombre. – Ah, bueno. – El niño no podía sustraerse de la honda sensación de impotencia que embargaba aquella figura gris enfundada en un gabán raido y un sombrero de otras épocas, barba de varios días, cabellos largos y pegajosos. El hombre flexionó aún más las piernas hasta quedarse de rodillas. Sonrió por fin, y entonces el chico sonrió también. – ¿Por qué crees que me ha de pasar algo? – No sé. No eres como los demás. – Ah, ¿es eso? ¿Y cómo soy? – No sé, pero no eres como los demás. – repitió el muchacho tratando de buscar en sus bancos de memoria algún concepto con el que relacionar lo que le inspiraba aquel vagabundo.

En esto entro un policía en el parque y se acercó rápidamente.

– ¡No se mueva, señor! ¡Sus documentos! ¡No-se-mueva!

El recién llegado se giró despacio al agente, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarle desde su posición, a la altura de la mirada del chico.

– No, claro, que no. No llevo documentos. – dijo simplemente ampliando su sonrisa. – Entonces tendrá que acompañarme. – Ah, vale, de acuerdo. – ¿Cuál es su nombre? – Hmm. Mi nombre. – repitió pensativo, borrando su sonrisa por completo. – Mi nombre. – lanzó un largo suspiro. – usted quiere saber mi nombre. Vaya. – Y se volvió al muchacho. – ¿Qué te parece, chico, ¿Cuál es mi nombre? – No sé. – respondió en seguida el muchacho, encogiéndose de hombros. – Vale. – asintió el hombre – No tiene importancia, ¿verdad? – Eso. – asintió a su vez el chico. – Pero me temo que hemos de despedirnos aquí. – sentenció el hombre torciendo los labios hacia adentro, como expresando un sentimiento universal de: “¿Qué le vamos a hacer?”. – No te vayas. – pidió el chico. – ¿Quieres que me quede? – Sí. – Me temo que no va a poder ser. – ¿Por qué? – dijo el chico al que se le empezaba a quebrar la voz. – Pues… – otro suspiro mientras se incorporada – porque las cosas son así en este mundo. – ¿Cómo? – siguió inquiriendo el pequeño, tragando saliva. – Tú me ves de otra manera… – ¡Estamos perdiendo el tiempo, señor! – interrumpió el agente llevándose la mano a la pistola. – Ah, sí: Tiempo… – dijo el hombre mirando al agente con dulzura. – Ya vamos, agente, ya vamos, no se preocupe. Solo un segundo por respeto a este chico, que no es como los demás. – y entonces dirigiéndose al mozalbete. – Escucha, chico, qué no se te olvide jamás este momento. En unos instantes volverás a zambullirte en la marea humana y no nos veremos más, pero no olvides que te saliste de ella a pesar de los gritos de tu maestra, del espanto de tus compañeros y del resto de paseante de este parque, y que ni siquiera te intimidó este agente ni su pistola. No olvides que te saliste por tu propio pie de la marea humana. Y, ¿sabes? – Dígame. – inquirió el niño con decisión, mordiéndose aún el llanto. – Lo puedes hacer en cualquier momento. Ya sabes que puedes, ya lo has hecho, solo tienes que recordarlo. Solo tienes que recordar que no te importa el miedo que sientan os demás, porque no es tuyo. Tu solo sentiste curiosidad y … – ¡Pero se puso en peligro! – gritó el agente apremiando al hombre a acompañarle. – Oh, no, agente, no. Este niño jamás estuvo en peligro y él lo supo perfectamente desde el primer momento, a diferencia del resto, a diferencia de usted mismo, por más armas que pueda llevar encima. Este niño jamás necesitará un arma. – ¡Vamos, vamos ya! Déjese de bobadas. – Sí, claro, bobadas. Bueno, chico, aquí nos despedimos, ha sido un honor para mí haberte encontrado. En otras circunstancias me estaría permitido darte un abrazo, aquí me temo que… Hacía mucho que te buscaba. Ahora ya me puedo ir en paz: sé que existes.

Misión espacial

14 Mar

En una misión espacial, la nave quedó desconectada de la base durante más de un mes. La comunicación quedó totalmente cortada y la preocupación por sus cuatro tripulantes fue creciendo a medida que pasaban las horas.

Al que hizo cuarenta días, se restableció el contacto con el puesto de mando de la nave y con alegría comprobaron que los astronautas estaban sanos y salvos, aunque notaron algo extraño en ellos… algo que no pudieron en ese momento descifrar, ni tampoco quedó totalmente claro cuando relataron lo que había sucedido en esos cuarenta días de tiempo terráqueo.

El relato de uno de esos tripulantes sobre dicha aventura al parecer fuera de la órbita terrestre fue publicado en la revista “Spoutnik”. Este es un fragmento de dicha declaración:

“Despegamos en un planeta con aspecto de Paraíso. Una atmósfera limpia, plantas y animales convivían con seres que utilizaban un lenguaje parecido al nuestro, pero que se comunicaban a veces telepáticamente, incluso a kilómetros de distancia con el interlocutor. Esta Biosfera paradisiaca convivía en armonía con una arquitectura provista de alta tecnología, para nosotros magia en estado puro. Supimos que nuestros anfitriones eran seres de una sola raza, longevos, resistentes a las enfermedades y sobre todo, lo que nos llamó la atención fue el amor que desprendían hacia sus semejantes, el planeta y hasta el universo. Nos acogieron, nos reconocieron, nos arreglaron la nave y nos pusieron rumbo a la Tierra. Y, a riesgo de que nos llamen locos, interpretamos que en ese trayecto, viajamos de la Tierra a la Tierra, pero no a través del espacio, sino del tiempo”.

Cuenta la leyenda

14 Mar

Cuenta la leyenda que Buda fue hijo de un poderoso rey. Éste, para economizarle los dolores del mundo, lo educó dentro de un palacio rodeado de jardines y altos muros, sin darle la oportunidad de salir a ver la ciudad. Buda, creció así encerrado, colmado de buenos tratos, bellos servidores, plantas maravillosas, manjares exquisitos, lujos extremos. Se convirtió en un príncipe encantador, sin haber conocido el menor problema. Siempre encerrado en su paraíso, le fue otorgada la más hermosa mujer del reino, con la que tuvo un hijo. Una tarde, paseándose por sus jardines, vio caer de un árbol a un pajarito. Nunca había visto a un ser muerto. Tuvo una profunda conmoción. Se dio cuenta que su mundo era artificial. Decidió escaparse para ver qué era el mundo real. Abandonando a su esposa, su hijo y su padre, escaló un muro y, con ojos asombrados, recorrió las calles. Vio por primera vez la pobreza, lo que le embargó el alma de pena, sintiéndose culpable. Pero más aún le hizo sufrir ver a la gente de edad: todos sus servidores habían sido jóvenes, su padre le ocultó la vejez. Después vio con horror a enfermos, y por último le afectó ver una comitiva llevando a un muerto. ¡La vejez, la enfermedad y la muerte le parecieron una maldición! Fue entonces cuando decidió vivir sin bienes materiales y sentarse a meditar bajo un árbol para alcanzar la liberación, eliminando sus deseos y su yo individual hasta alcanzar la iluminación, cesando así de reencarnarse… Es decir que para él, el mayor mal era haber nacido… Me permito no estar de acuerdo. Para mí el mayor regalo que he recibido es haber nacido en esta inmensa obra de arte que es el Universo. La pobreza, propia o ajena, desaparece aprendiendo a compartir. Lo seres humanos acabarán por comprender esto o desaparecerán de la faz de la tierra. La enfermedad, mucho más que afectar al cuerpo, afecta al ego. Cesa de ser un monstruo terrorífico cuando la usamos como Maestro, aceptándola con humildad: ella nos enseña la sublime calma de la entrega. La inevitable muerte, es decir el cambio necesario que permite el continuo nacimiento de la vida, se endulza cuando aprendemos a jugar. La realidad se convierte en un sueño milagroso, cuando aprendemos a danzar con ella hasta nuestro último destello de conciencia. Y la bendita vejez, que nos hace desprendernos de lo superfluo para guardar lo esencial, cesa de ser decadencia y se convierte en sabiduría cuando nos entregamos al amor sin límites. ¡Vivir, para mí, a pesar de los golpes tremendos que he recibido en el camino, ha sido una fiesta divina! ¡Qué me importa morir si he conocido el amor!

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